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Teletrabajo y Ambiente. De los beneficios casuales a la necesidad de planificación y regulación eficaz.

Por Javier Alejandro Crea y María de los Ángeles Berretino

La inesperada aparición del Covid-19, “el virus chino” en sus primeros tiempos,
en palabras de cierto líder mundial y que pronto se convirtiera en pandemia, nos
hizo ver y analizar no sólo la fragilidad de nuestra especie y la necesidad de
cambiar nuestros hábitos y forma de vida toda, sino que también nos permitió
tomar conciencia, en muchos de los casos, de la gravedad de los impactos
ambientales causados por el hombre, con base en su concepción
antropocéntrica del mundo, y entender que, pese a la innumerable cantidad de
principios y declaraciones ambientales dictados en los últimos casi cincuenta
años, en muchas oportunidades estos han actuado más como expresiones de
deseos, que como bases efectivas y aplicables a la protección ambiental.

El virus que rápidamente vino a alterar nuestras vidas y a corrernos del centro
de la atención nos obligó, como única respuesta a la urgencia y como medida
preventiva a aislarnos, naciendo el global “quedate en casa”, frase, más
traducida y utilizada simultáneamente en la historia de la humanidad.

Cambiamos nuestra forma de vivir, de relacionarnos en familia y en sociedad, y
por supuesto, cambió para millones y millones de trabajadores, una realidad
laboral que, atrasaba hacía tiempo y que la necesidad y la urgencia obligaron a
cambiar de un día para el otro. Las calles quedaron desiertas, en días las zonas
céntricas de las grandes urbes reflejaban imágenes que solamente habíamos
visto en películas apocalípticas de futuros catastróficos para la humanidad.
Nuestras oficinas quedaron vacías, y lógicamente la cantidad de pasajeros en
el transporte público se redujo de manera drástica, los niveles de ruido y
contaminación sonora cayeron automáticamente, tal como sucediera con la
contaminación del aire. Como consecuencia del parate en la producción se
redujo también la cantidad de residuos.

Empleadores y empleados cambiaron el tradicional traslado a sus lugares de
trabajo y el desarrollo conjunto de las actividades dentro de ámbito de las oficinas
por una modalidad que hasta ahora era desconocida por la mayoría, el

teletrabajo. Habitaciones, livings y hasta cocinas se transformaron en oficinas
improvisadas para reuniones virtuales, la elaboración de informes, demandas y
sentencias judiciales, y dictado de clases.

El teletrabajo no se masificó como todas las otras cuestiones culturales, con
tiempo, desarrollándose junto a la sociedad y los avances tecnológicos, sino que
todos nos fuimos adaptando a él, incorporándolo a nuestras vidas, como ya
dijimos, en semanas. Este cambio tan profundo, casi instantáneo y considerado
por la medicina como necesario para la prevención de los contagios, impactó de
manera directa sobre el medio ambiente, aunque, una vez más, no por una
preocupación ambiental humana, sino por la habitual forma de concepción y
posición de nuestra especie frente al mundo, “el beneficio ambiental no fue un
objetivo, sino la mera consecuencia de la satisfacción de nuestras necesidades,
en este caso, la necesidad de cuidarnos”.

Pese a ello, entendemos que puede ser una buena excusa, un buen punto de
partida para comenzar a pensar ambiente laboral y el desarrollo territorial de
una manera mucho más sostenible y perdurable en el tiempo.

Para adentrarnos ahora en un enfoque y análisis ambiental de la cuestión,
debemos partir del consenso científico inequívoco y prácticamente indiscutible y
coincidente en que el clima global se ve y seguirá viendo gravemente alterado
durante el transcurso del siglo que transitamos, ello como consecuencia del
aumento de las emisiones y las resultantes concentraciones de gases de efecto
invernadero. El cambio climático, entendido como la alteración del clima atribuida
directa o indirectamente a la actividad humana y que modifica la composición
atmosférica global y que se suma a la variabilidad natural del clima que se
observa durante períodos comparables, es el centro de los desafíos que
debemos enfrentar, no largo ni mediano, sino a corto plazo, asumiendo que, en
las zonas urbanas, principal centro de cambio en las modalidades de trabajo,
existen tres sectores que producen los mayores impactos e influencia directa en
las emisiones de gases de efecto invernadero, como son: el consumo energético,
para la iluminación, refrigeración o calefacción de las oficinas y aulas, el
transporte, para acercarnos a ellas y los residuos producto de las dos primeras

y del propio desarrollo humano, y sobre estos tres sectores las restricciones
producto de la pandemia, han generado efectos ambientalmente convenientes.

La conjunción dada entre la alta movilidad de las personas y la carencia de una
infraestructura apropiada, sumadas a la gran densidad de población de las urbes,
motivo de la falta de planificación y de las reubicaciones poblacionales
incrementadas desde la revolución industrial con motivo de los traslados desde
las zonas rurales a las ciudades en búsqueda de posibilidades de trabajo, han
generado a lo largo y ancho del mundo a niveles considerables de congestión en
los centros urbanos, lo que provoca largos tiempos destinados a los traslados,
desde el hogar hacia el trabajo, que deben ser también relacionados a elevados
niveles de emisión de gases de efecto invernadero.

Con la reducción de la cantidad de trabajadores presenciales, las empresas han
percibido sensibles reducciones en sus gastos energéticos, sobretodo, en las
etapas frías del año, aunque no deberíamos olvidar el traslado de ese consumo,
aunque en menor medida, de las empresas a los domicilios de los trabajadores
y deberá ello ser materia de regulación a nivel global. Sin perjuicio de esto último,
la “oficina flexible” y el teletrabajo, han sido una gran combinación para la
reducción de la huella de carbono empresarial.

Las descentralización es una necesidad que ya no puede dejarse de lado al
momento de planificar las ciudades, el estado y las posibilidades de satisfacción
de necesidades deben estar cerca de los usuarios y consumidores, evitando la
necesidad de traslados, no sólo pensando en la reducción de GEIs (gases de
efecto invernadero) sino entendiendo que ello repercute en nuestra calidad de
vida, y la posibilidad de un desarrollo humano y familiar con reducción de tiempos
destinados a movilizarnos, a acercarnos a nuestros destinos laborales.

Los Estados deberán asumir al teletrabajo ya no como una herramienta con la
que enfrentar una problemática actual, que se supone se irá reduciendo con el
avance de la ciencia, sino como un objetivo a largo y mediano plazo. En este
entendimiento, es que las políticas públicas deberán tender a ello, a consolidar
el teletrabajo, en la medida de las posibilidades, y en búsqueda de un desarrollo
humano sostenible con impacto no sólo sobre el ambiente y las relaciones

laborales, sino sobre la vida de cada uno de nosotros, sin olvidar la necesidad
de un cambio de paradigma, que corra al hombre del eje de la cuestión, no sólo
desde una concepción ética y social, sino jurídica o mejor dicho, jurídico
constitucional, que deje de referirse al derecho humano a vivir en un ambiente
sano, sino que nos conciba como parte del mismo, más allá de nuestro derecho
a disfrutar y aprovecharnos del mismo.

El derecho ambiental debe trascender, dejando atrás el lirismo de las
declaraciones y principios con los que nació, y convertirse en un derecho
efectivo, aplicable y medible con base en indicadores jurídicos que permitan
analizar su efectividad y necesidades de cambios. El teletrabajo ha llegado para
quedarse y debemos esforzarnos por conciliarlo a las políticas públicas
tendientes a la protección del ambiente, ése es el desafío que los gobiernos
deberán enfrentar, para que el beneficio ambiental no sea sólo una mera
consecuencia casual de una nueva modalidad laboral, sino el resultado de la
planificación y la acción climático ambiental asumidas.


Los autores:

[1] Javier Alejandro Crea, es Abogado, egresado de la Universidad de Morón,
Especialista en Derecho y Política de los Recursos Naturales y del Ambiente de
la Universidad de Buenos Aires y Especialista en Derecho Ambiental de la
Universidad de Belgrano. Ha realizado la Especialización en Derecho
Constitucional en la Universidad de Buenos Aires. Es Vicepresidente y Director
de Institutos, Comisiones y Actividades Académicas de la Asociación
Iberoamericana de Derecho Cultura y Ambiente, AIDCA. Es Subdirector del
Instituto de Derecho de Ecología, Medio Ambiente y de los Recursos Naturales
y Energéticos del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal, Miembro
del Instituto de Derecho Constitucional del Colegio Público de Abogados de la
Capital Federal. Es Asesor Legal de la Defensoría del Pueblo Adjunta de la
República del Paraguay, Docente universitario de grado y de posgrado y autor
de libros y publicaciones. Asimismo fue Director del Instituto de Derecho
Ambiental del Colegio de Abogados de Morón y Secretario General del Instituto
de Derecho Ambiental de la Asociación Argentina de Justicia Constitucional y
miembro del Consejo Académico de la Carrera de Especialización en Derecho
Ambiental de la Universidad de Belgrano.

[2] María de los Ángeles Berretino, Es Abogada, egresada de la Facultad de
Derecho de la Universidad de Buenos Aires, ha realizado la especialización en
Régimen y Política de los Recursos Naturales y del Ambiente, y Programa de
Actualización en Derecho del Petróleo y Gas Natural. Es Presidente de la
Asociación Iberoamericana de Derecho, Cultura y Ambiente, AIDCA; Miembro
Ordinario del Instituto de Derecho de Ecología, Medio Ambiente y de los
Recursos Naturales y Energéticos, del Colegio Público de Abogados de la
Capital Federal y Vocal del Instituto de Derecho Ambiental de la Asociación
Argentina de Justicia Constitucional, fue docente de grado en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Asimismo es asesora de
Asociaciones Civiles sin Fines de Lucro y Fundaciones, que trabajan en el área
niñez, educación, inclusión social, género y ambiente. Se ha desempeñado en
el ámbito empresarial privado y en el área cultural, dónde ha tenido participación
en numerosas publicaciones.

www.aidca.org

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